martes, 27 de septiembre de 2011

Amigo Saborido-Artigo de Xesús Redondo Abuín

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Amigo Saborido, Artigo de Xesús Redondo Abuín   AMIGO SABORIDO

Xesús Redondo Abuín
Santiago, 20-09-2011
   Amigo Saborido, libro recibido. Leí las palabras manuscritas que me dedicas; tus veintidós renglones preliminares; la Introducción de Alfonso Martínez Foronda; el capítulo V EN HOMENAJE A “Los Sucesos de Sardina del Norte” y el prólogo de Nicolás Sartorius, por este orden, tal como me pidió el cuerpo. Tu dedicatoria tiene duende y sabe a gloria. Un abrazo a corazón tocado. Que uno no es de hierro, qué se le va a hacer. Tus palabras preliminares, bien, muy bien. La Introducción de Alfonso Martínez Foronda, bien, muy bien. El capítulo V dedicado a Sardina, bien, muy bien. El Prólogo de Nicolás Sartorius, nada nuevo, nada de nada nuevo. El texto del capítulo V sobre Sardina es de lo mejor que he leído sobre aquellos recios hechos.
    Aplaudo a su autor vivamente, muy vivamente. Pues sobre aquellos álgidos sucesos hubo muy poco elogio y mucho vituperio. Vituperio prodigado, curiosamente, por los que escaparon a nado y  por pies para que os quiero de la quema. Que, por cierto, fueron cuatro. Mientras fuimos cien los que le hicimos frente con todas las consecuencias a toda la guarnición de picoletos de la Isla desde mediodía hasta el atardecer que el Teniente Coronel accedió a detener a todos -que es lo que exigimos desde el primer momento- y a jurar por el “honor” de la Guardia Civil que no se nos maltrataría. Aunque luego hubo sus más y sus menos; más menos que más, la verdad, habida cuenta de la vil naturaleza del nada Benemérito Cuerpo y de cómo se las gastaba y gasta la Incivil Guardia Civil. También fuimos vituperados por los férreos apóstoles de todas las cautelas contra todos los riesgos habidos y por haber; lo de ellos era, básicamente, recocerse en su propia salsa rememorando remotas batallas entre cuatro paredes.
    Ha habido también, cómo no, quien se instaló de buena fe en creer que lo políticamente correcto era lo de más vale no meneallo. Ilusos ellos. Por eso a la hora de mi intervención en los actos de conmemoración de los sucesos no me mordí la lengua, ni pienso mordérmela. Pues, fíjate tú, hasta Armandito llegó a decirme una vez que mi discurso no era el del CCOO.
     Tal como te lo cuento. Pero no se lo tomé a mal. Porque Armandito es una de esas personas a las que no cabe tomarles a mal nada. Y luego están los furibundos silenciadores de lo de Sardina por creer ellos que lo más rentable políticamente es gastar buenas apariencias. Serán ingenuos. Te voy a hablar a ti ahora por vez primera de un caso que yo mismo viví y sufrí con uno de éstos: la primera vez que fui a una celebración de lo de Sardina fue invitado por el jienense Felipe Martos, Secretario General entonces de CCOO de Canarias, y lo primero que me dijo al recibirme fue que realmente él no era partidario de “desenterrar” aquel muerto. Muerto, dijo. Me dejó de piedra. No me cabía en la cabeza. Porque es que yo era y soy de los que pensaba y pienso que la transición esta de nunca acabar no concluirá del todo mientras La Rinconada, Asturias, Vitoria, San Adrián del Besós, Ferrol, Sardina del Norte y tantos otros escenarios de luchas en las que la tiranía de la sabandija ártabra se dejó jirones, de los que nunca se recobró, no figuren en letra gótica en los libros de texto y en las páginas de nuestra Historia reciente. Y luego estaban los acérrimos antagonistas de Tony. Uno de ellos se atrevió a acusar a Tony ante el propio Carrillo de aventurero y de enemigo interno. Menos mal que el astuto Carrillo, con la cartesiana frialdad que le caracteriza, pronunció aquella conocida sentencia suya que quemaba se cogiese por donde se cogiese: camaradas, en el Partido hay mucho pico de oro y lo que realmente hace falta es un Tony Gallardo en cada sitio. Y es verdad que Tony era sobre todo un hombre de acción, y un hueso duro de roer a la hora de la polémica, yo mismo he tenido mis disensiones con él, pero es de justicia reconocerle mucho mérito: era el mejor dirigente que tenía el Partido en Las Palmas de aquella. Por eso a la hora de optar entre la línea de los instalados en la prudencia y la de la audacia militante que encabezaba él, no lo dudé: desde el primer día que llegué a la Isla me enrolé en su dinamismo, no por seguidismo sino convencido como él que urgía disputarle espacios de libertad a la tiranía.
     Hoy hubiese hecho lo mismo. Y además afirmo que su personalidad jugó un papel realmente positivo. También en lo de Sardina. Sardina fue lo que fue gracias a todos los que fuimos allí, sí, pero yo digo que para que aquel importante hito de lucha fuera posible hubo que trabajarlo puerta a puerta con los afectados y sus familias durante la tira de días. Y Tony fue quien más se ha movido. En lo de Sardina y en lo que no era Sardina. Era un activista a dedicación exclusiva. De ahí que la Guardia Civil irrumpiese en la asamblea al grito de que los hermanos Gallardo y el abogado Morales se entreguen y los demás que se dispersen. Lo que deja bien claro que siendo aquel un éxito colectivo, los más relevantes eran sin duda ellos tres.
     Y es de justicia reconocerlo. De que no todos molestábamos idéntico nos hablan los propios dígitos de las condenas. A mí mismo me metieron dos años más de la petición fiscal: once ¿Sabes por qué? Porque todo en aquel galpón de ejército colonial estaba expresamente dispuesto para sobrecoger -gallardetes, sables, banderas y los propios caretos que teníamos enfrente- y yo con un punto de premeditada altivez y serenamente -la procesión iba por dentro- les dije señalándolos con el dedo: no le reconozco a este tribunal ninguna autoridad para juzgarnos a nosotros; quienes deberían estar en el banquillo son los responsables de la empresa SATRA que perpetraron la estafa salarial y el sádico Comandante de la Guardia Civil que me pegó un tiro a quemarropa estando yo desarmado e indefenso. Y además les explico lo que ustedes no se explican: el que nosotros nos resistiésemos como nos resistimos a la detención de los hermanos Gallardo y del abogado Morales es porque nosotros los trabajadores defendemos a nuestros intelectuales como a la niña de nuestros ojos. Fuera de sus casillas el Presidente me ordenó tajante que callara y que me sentase. Y me callé y me senté. Pero satisfecho de haberme dado el gustazo. La verdad es, amigo Saborido, que yo no le encuentro el menor reparo a aquello que para mí fue una gran gesta de clase. Si sería aquello importante que la mañana siguiente a los hechos fue el Ministro Fraga Iribarne a Las Palmas, y el Obispo Infantes Florido, en lugar de ir a recibirlo, como era habitual, optó por ir a visitarnos a Luís Felipe y a mí al hospital de Galdar. Le dio plantón al gran canalla de Estado. Y con las mismas salgo a carajo quitado a hablar mal del Gobierno y de la oposición, que tanto monta monta tanto.

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